Lucien Castela, la Mostra de Valencia, y València

Ricard Pérez Casado*

Con motivo del merecido homenaje que le tributa Mostra Viva, el 5 de octubre de 2017, ha reunido algunos recuerdos que acompañan una amistad de medio siglo. Castela, un hispanista humanista, comprometido con la noble causa de la cultura y de la libertad. Un profesor excelente, y un combatiente por la causa de la libertad en España.

Estos son algunos de los recuerdos que se me agolpan en el día de su homenaje en mi ciudad, en la nuestra, y en un ámbito de cultura recuperada por la sociedad civil, la Mostra Viva.

Debía ser el invierno. 1967. Aix-en-Provence. Jordi Nadal, el catedrático de Historia Económica, me envió al seminario de Georges Duby. Me alejaba así de la efervescencia universitaria barcelonesa y me proporcionaba la oportunidad de asistir a las sesiones de un seminario de altísima cualificación. De hecho, era la primera vez en mi vida estudiantil que me dedicaba sólo a estudiar, y además era retribuido, como becario, en un entorno más que favorable. Biblioteca, archivos en Aix y en Marsella, un objetivo de estudio, Noves en el siglo XVIII, señorío del Marqués de Sade, lugar de nacimiento de Laura y punto de partida de su enamorado, Petrarca, en su ascensión al Mont Ventoux, en los inicios del Renacimiento.

Aix su café Le Mondial, refugio de las izquierdas mayormente comunistas, el cours Mirabeau, su fuente con carámbanos en la noche, y el café más pretencioso Deux Garçons, punto de reunión de los fascistas. Estos adornaban las fachadas todavía con carteles de la OAS, o promocionaban acosos cuando salíamos del cine con su programa La Guerre est finie, de Montand y Semprún.

Sí, era invierno. Una mañana luminosa, tópicamente provenzal, con el Mistral levantando piedrecillas en los senderos de Les Gazelles, las residencias universitarias, cuando conocí a Lucien Castela, de Sciences Politiques, hispanista de la saga de André Joucla-Ruau, vecino de los historiadores Pierre Broué y Émile Témime y sus estudios sobre la guerra y la revolución españolas.

El entendimiento fue inmediato. El jovencísimo alumno y el joven profesor que se ocupaba de las cosas de España, de la cultura española, de los clásicos castellanos y de los autores más recientes, por supuesto de Machado, pero también Aldecoa. Que ya tenía intención de organizar algunos estudios sobre la lengua y la literatura catalana, comenzando por un insólito interés en la obra de Joan Fuster.

Es medio siglo lo que nos separa del oasis provenzal, en el que ya se cernían las discusiones previas a mayo de 1968, la crisis socialista y la estrella emergente del partido de Michel Rocard, el PSU. De entonces data una amistad que no ha sufrido más incidentes que los que ocasionan las lejanías de las ocupaciones. Además de profesor universitario, Castela ha sido Consejero de Cultura y Ciencia en las Embajadas de la República Francesa en Madrid y Buenos Aires, y yo, como pueden saber, resulté ser elegido Alcalde de Valencia, Administrador de la Unión Europea en Mostar, Diputado, y demás, aparte de en los largos intervalos sin ocupación pública que han sido los más de mi vida, profesional dedicado a la ciudad, al urbanismo.

Castela consiguió una lectoría de catalán en la Universidad de Aix-en-Provence. La ocupó un buen amigo, excelente escritor, Antoni-Lluch Ferrer, aunque por mi intermedio, la primera propuesta fue para un paisano que rechazó el puesto.

En 1975, muerto el Dictador, me propuso colaborar en un Coloquio sobre la España del post-franquismo, con el encargo de reclutar alguna participación valenciana. José Vidal Beneyto, Pepín Vidal, el primer nombre ya figuraba en la nómina de Castela, como buen conocedor de los entresijos políticos españoles. Así que me ocupé de los valencianos. Vicent Ventura, y yo mismo.

L’Espagne du postfranquisme. La reunión tuvo lugar en mayo de 1976. Acudimos Ventura y yo mismo. Pepín Vidal, Paul Preston, por entonces en plena fiebre del lenguaje cheli madrileño y su humor desbordante. Y no vino Ramón Tamames, detenido por Martin Villa y sus secuaces.

Nuestra participación y la de otros, subrayar la particularidad valenciana, en el seno de la discusión sobre el futuro del poder territorial del régimen democrático que pese a todo se anunciaba, por más que la represión y la resistencia del franquismo intentara cortar el camino. La unanimidad de las declaraciones respecto de las naciones de España fue total, lo que produjo el natural regocijo entre nosotros.

Las aulas desbordadas de profesores, alumnos, periodistas, políticos, intelectuales, cuyos nombres constituyen una lista interminable y de talla considerable en la escena social y política francesa de la época.

En 1978 conoció Castela mi incorporación al Consell preautonòmic del País Valencià, y las oportunidades de colaboración que se abrían en el incierto camino de la autonomía valenciana, y meses después mi incorporación a la candidatura y posterior elección a Concejal del Ayuntamiento de Valencia en abril de 1979.

El activista incansable que es y ha sido Lucien Castela, en una larga conversación, me propuso un festival de cinematografía del Mediterráneo y de las lenguas románicas, encuentros culturales, en el sentido de los que se llevaban a término en Aix-en-Provence, nuestra Ais de Provença.

Pese a no ser mi ámbito de actuación municipal –me ocupaba del urbanismo de la devastación y el expolio– juzgué, desde mi propia experiencia del CESM, Centre d’Études des Societés Méditerranénnes, antes incluso de conocer a Castela, en el verano de 1966, que el tema merecía la atención, como punto de partida para la desprovincianización de València, y así se lo hice saber al Alcalde Martínez Castellano, que me animó a seguir el proyecto. En junio de 1979, en representación del PSOE, participé en un encuentro internacional sobre el medio ambiente organizado por la ARCIS, la Asociación para las relaciones Culturales Italia-España en Roma. En este entorno conocí a Otello Lottini, otro activo hispanista de la Sapienza, que vio de inmediato el interés del proyecto, a comenzar por el cine.

Bueno, Francia e Italia. Y un proyecto cultural y político, para la ciudad y para el País Valenciano. Abierto a los vecinos del otro lado, del Magreb a Israel, el Adriático y los Balcanes.

Se trataba de mostrar nuestra identidad valenciana en su entorno, europeo y mediterráneo, con nuestra lengua y nuestras producciones, con un objetivo claro de incorporación a la modernidad tanto tiempo reprimida por la Dictadura y su uniformidad cuartelera.

El momento crítico, que conocen bien Castela y alguien a quien de inmediato citaré, fue el relevo de la Alcaldía de València que se produjo el 5 de octubre de 1979.

El proyecto, sin embargo, quedó indemne, aunque en mis manos directamente, con la dificultad que supuso atender a la crisis interna de la mayoría municipal, y a los asuntos de la transición democrática del Ayuntamiento, contra el cual se organizaron las formaciones más reaccionarias locales y sus asociados.

La solución consistió en el encargo a Vicent Garcés, Concejal de Relaciones Institucionales si no recuerdo mal, del dossier de lo que sería la Mostra de Cinema del Mediterrani. Garcés era condiscípulo del único curso “oficial” que he seguido en mis estudios: el Preuniversitario, condición para poder inscribirse en la educación universitaria. Esto era en 1962. Desde entonces hemos sostenido la amistad y las diferencias.

En el tema que nos ocupa no pensé en ningún momento en trasladar el objetivo a otros Concejales de mi grupo político. No era necesario ser adivino: ni estaban de acuerdo con la idea ni con el fin de asentar un proyecto identitario que nos diera a conocer, a la ciudad y el País, como elementos dinámicos en nuestro entorno, el ya citado, europeo y mediterráneo.

Negociamos Garcés y yo, en Estambul junto al Bósforo, otro espacio mediterráneo de vocación europea. Con una habilidad innegable, Garcés reunió a Josep Pons, a Honorio Rancaño, y tantos otros que se sucedieron con ambición y generosidad. Garcés emprendió la tarea de coordinar a Castela, a Lottini, a propios y ajenos.

Relato todo esto, acaso con el riesgo de aburrir, como ejemplo de la complejidad de los hechos políticos y las relaciones humanas, a los que en análisis precipitados solemos incurrir, y el proyecto de la Mostra no es excepción.

El resultado primero obtuvo una crónica de José Antonio Nováis, el maldito periodista de Le Monde para el franquismo: le charme de l’improvisation, que encerraba el elogio en la constatación de la realidad. Fue la Primera Mostra, en 1980. Lucien Castela no solo nos acompañó, como era de esperar sino que contribuyó a la presencia de autores, cineastas, y más tarde en otro proyecto conexo, el Encontre d’Escriptors, con la aportación de intelectuales franceses o francófonos.

En paralelo, la Institución autonómica erigió un festival de Cinema Jove, sin concierto alguno por el trabajo ya acumulado. Pero ya se sabe que los poderes nuevos necesitan afirmarse, y más si cuentan para ello con los recursos que nunca se prodigaron en una iniciativa de ciudad y de País. Pero esto no corresponde al motivo que me anima a ensamblar estos recuerdos.

Dimití en diciembre de 1988. La Mostra inició su declive, y a partir de 1991 comenzó el esperpento que condujo a su abrupto final en manos de una mayoría ocupada en los fastos, poco preocupada por la ciudad y menos por el País.

En esta historia ya no estaba Lucien Castela, ni Vicent Garcés, ni quien les habla. Tampoco hubo trenos funerales, todo hay que decirlo.

Lucien Castela cooperó de modo activo en los casi diez años que estuve al frente del Ayuntamiento de Valencia. En la Mostra, por supuesto, en el Encontre d’Escriptors.

Hoy, cuando una ciudadanía ejemplar, con cinco años de esfuerzo, demuestra que la Mostra está Viva, merece la gratitud de esa misma ciudadanía, cuya muestra acoge el acto de homenaje.

En el curso del homenaje pude dedicar algunas palabras a mi amigo y respetado profesor. Las concluí, más o menos, así.

Lucien,

Los organizadores de Mostra Viva y de este acto han tenido a bien delegarme el honor de dirigirte estas palabras.

En mi caso, además, de expresión de una amistad de medio siglo, como la que sostengo con Vicent Garcés.

La amistad, los amigos y amigas, al cabo del tiempo es lo que nos queda de más sólido, permanente.

Así lo siento yo, y te deseo largo tiempo para disfrutar de tu conversación rigurosa y culta, en compañía de Christine, en Fourcès, en Serra, en València, donde quiera que haya libertad, tolerancia, y cultura.

Concluyo.

Mostra Viva, bajo nuevas perspectivas que el tiempo y sus cambios han producido, seguirá ofreciendo un espacio de reflexión, de incitación a la libertad, entre todos los pueblos y ciudades que se asoman a la orilla mediterránea.

Seguirá proclamando que Valencia su lengua y cultura, son europeas y mediterráneas, libres, cultas, solidarias, como lo proclamaran al recuperar la democracia en aquellos años ochenta del pasado siglo.

Gracias, Maite, gracias Giovanna, gracias Tonino y Laura, gracias amigos y organizadores de la Mostra Viva. La gratitud de recuperar un espacio de libertad siempre es un hecho gozoso, y más después de los ominosos años de desprecio y olvido.

Gracias, Lucien.

Estoy seguro que la ciudad y el país comparten las palabras que he podido dedicarte, no exentas de la emoción del reencuentro de los amigos y el calor de unas generaciones que han recuperado lo que nunca debió ser cercenado.

Ricard Pérez Casado

Valencia, 5 de octubre de 2017

*Reflexiones de Ricard Pérez Casado, exAlcalde de València y miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Asamblea de Ciudadanos y Ciudadanas del Mediterráneo (FACM), con motivo del homenaje de la Mostra Viva del Mediterrani al profesor Lucien Castela.